Escuchar "Viernes, 11 de junio de 2021"
Síntesis del Episodio
En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.»
Al que traspasaron
Yo estuve ayer Jesús. Y te escuché decir «Tengo sed». ¿Sabes cuál fue mi respuesta? «A ese nazareno ni agua»
Pero el corazón de mi compañero Crelio es más blando que el mío, y decidió darte de beber.
Y por la noche también estuve. De hecho, fui yo.
Crelio y yo habíamos terminado nuestro turno colgando cadáveres en el Gólgota, y escuchamos cómo algunos judíos se acercaban a Pilato para pedirle que quitaran los cuerpos crucificados -entre ellos el tuyo- porque estorbaban para la fiesta. Rompían el clima de la pascua... Pilato nos vió bajar, todavía con el uniforme, y nos pidió que volviéramos a romperos las piernas. Me dio pereza subir otra vez, pero acudí diligentemente.
Al llegar, cada uno quebró las piernas a uno, y luego llegamos a ti. Solo quedaba un joven, con una Señora que debía ser tu madre. Lloraba sin sollozos. Las lágrimas caían por sus mejillas pero sus labios permanecían mudos. Solo te miraba, sin soltar ningún lamento. Su mirada me hizo dudar de mi orden, pero el miedo sometió a la compasión. Decidí no romperte un hueso, y te clavé mi lanza en tu costado, a la par que miraba de reojo a tu madre, que parecía haber cortado su aliento. Mientras clavaba la punta de acero bajo tus costillas, noté en el mismo lugar de mi cuerpo un dolor punzante y frío. Era como si me estuviera clavando la lanza a mí. Te miré buscando algún movimiento que reafirmara tu muerte y comenzó a brotar sangre y agua de ti. Me empapó el rostro, y el agua que caía de tu costado camufló el llanto que habías provocado en mí.
Y continué llorando, mirando al que acababa de traspasar. Al Hijo del Hombre. A Dios.
Por eso he venido hoy aquí, porque ya no me creo lo del sepulcro. Y sé que esta enorme roca no puede contigo. Porque Tú eres la Fuente de la Vida. Y al igual que Tú me buscaste ayer, dejándote clavar una lanza, yo me quedo a la puerta de este sepulcro, esperando a que vuelvas, a dar Vida.
Al que traspasaron
Yo estuve ayer Jesús. Y te escuché decir «Tengo sed». ¿Sabes cuál fue mi respuesta? «A ese nazareno ni agua»
Pero el corazón de mi compañero Crelio es más blando que el mío, y decidió darte de beber.
Y por la noche también estuve. De hecho, fui yo.
Crelio y yo habíamos terminado nuestro turno colgando cadáveres en el Gólgota, y escuchamos cómo algunos judíos se acercaban a Pilato para pedirle que quitaran los cuerpos crucificados -entre ellos el tuyo- porque estorbaban para la fiesta. Rompían el clima de la pascua... Pilato nos vió bajar, todavía con el uniforme, y nos pidió que volviéramos a romperos las piernas. Me dio pereza subir otra vez, pero acudí diligentemente.
Al llegar, cada uno quebró las piernas a uno, y luego llegamos a ti. Solo quedaba un joven, con una Señora que debía ser tu madre. Lloraba sin sollozos. Las lágrimas caían por sus mejillas pero sus labios permanecían mudos. Solo te miraba, sin soltar ningún lamento. Su mirada me hizo dudar de mi orden, pero el miedo sometió a la compasión. Decidí no romperte un hueso, y te clavé mi lanza en tu costado, a la par que miraba de reojo a tu madre, que parecía haber cortado su aliento. Mientras clavaba la punta de acero bajo tus costillas, noté en el mismo lugar de mi cuerpo un dolor punzante y frío. Era como si me estuviera clavando la lanza a mí. Te miré buscando algún movimiento que reafirmara tu muerte y comenzó a brotar sangre y agua de ti. Me empapó el rostro, y el agua que caía de tu costado camufló el llanto que habías provocado en mí.
Y continué llorando, mirando al que acababa de traspasar. Al Hijo del Hombre. A Dios.
Por eso he venido hoy aquí, porque ya no me creo lo del sepulcro. Y sé que esta enorme roca no puede contigo. Porque Tú eres la Fuente de la Vida. Y al igual que Tú me buscaste ayer, dejándote clavar una lanza, yo me quedo a la puerta de este sepulcro, esperando a que vuelvas, a dar Vida.
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