Escuchar "En el mundo, pero NO MUNDANOS"
Síntesis del Episodio
Jesús intercede perpetuamente por su pueblo – en Juan 17 encontramos un destello de la clase de oraciones que hace Jesucristo ante el Padre Celestial a favor de sus redimidos.
La iglesia, por lo tanto, confiando en la supremacía y mediación de Cristo puede asumir la identidad y carácter que le ha sido otorgada como PUEBLO DE DIOS; cuerpo de Cristo, luz del mundo, sal de la tierra, embajada del Reino de los cielos y campamento de los santos.
EL PUEBLO DE CRISTO
Jesús declara: "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste". Desde la eternidad, el pueblo de Dios ha sido elegido por el Padre y entregado al Hijo. Esta verdad es fundamental para entender nuestra identidad como creyentes: no somos del mundo, sino que pertenecemos a Cristo. Esta pertenencia no es fruto de nuestros méritos, sino de la gracia soberana de Dios. Somos aquellos que Cristo ha redimido y a quienes ha dado a conocer el nombre del Padre. Esto nos confiere una identidad espiritual que trasciende cualquier relación terrenal.
EN EL MUNDO, PERO NO DEL MUNDO.
Finalmente, aunque estamos en el mundo, Jesús ora por nuestra protección: "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal" (Juan 17:15). Esta oración nos asegura que, aunque enfrentamos tentaciones y pruebas, Dios nos preserva. La protección divina no implica que estemos libres de dificultades, sino que el poder de Dios nos sostiene en medio de ellas. Nuestra confianza no está en nuestra capacidad de resistir el mal, sino en la gracia de Dios que nos guarda y nos mantiene fieles a Él. A través de la intercesión de Cristo y el poder transformador de la Palabra, somos capacitados para vivir vidas santas y fieles, testificando del evangelio hasta el día en que estaremos eternamente con nuestro Señor.
La iglesia, por lo tanto, confiando en la supremacía y mediación de Cristo puede asumir la identidad y carácter que le ha sido otorgada como PUEBLO DE DIOS; cuerpo de Cristo, luz del mundo, sal de la tierra, embajada del Reino de los cielos y campamento de los santos.
EL PUEBLO DE CRISTO
Jesús declara: "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste". Desde la eternidad, el pueblo de Dios ha sido elegido por el Padre y entregado al Hijo. Esta verdad es fundamental para entender nuestra identidad como creyentes: no somos del mundo, sino que pertenecemos a Cristo. Esta pertenencia no es fruto de nuestros méritos, sino de la gracia soberana de Dios. Somos aquellos que Cristo ha redimido y a quienes ha dado a conocer el nombre del Padre. Esto nos confiere una identidad espiritual que trasciende cualquier relación terrenal.
EN EL MUNDO, PERO NO DEL MUNDO.
Finalmente, aunque estamos en el mundo, Jesús ora por nuestra protección: "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal" (Juan 17:15). Esta oración nos asegura que, aunque enfrentamos tentaciones y pruebas, Dios nos preserva. La protección divina no implica que estemos libres de dificultades, sino que el poder de Dios nos sostiene en medio de ellas. Nuestra confianza no está en nuestra capacidad de resistir el mal, sino en la gracia de Dios que nos guarda y nos mantiene fieles a Él. A través de la intercesión de Cristo y el poder transformador de la Palabra, somos capacitados para vivir vidas santas y fieles, testificando del evangelio hasta el día en que estaremos eternamente con nuestro Señor.
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