Escuchar "los benjaminita "
Síntesis del Episodio
La historia del castigo de los benjaminitas, un episodio trágico y violento en la historia de Israel, se encuentra en el libro de **Jueces 19-21**. Esta narrativa refleja las graves consecuencias de la rebelión, el abuso y la falta de justicia dentro del propio pueblo de Dios. A continuación te ofrezco una narrativa de esos acontecimientos:
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En los días cuando no había rey en Israel, cada uno hacía lo que le parecía correcto a sus propios ojos. Fue una época de caos moral y espiritual, y la tribu de Benjamín pagó un alto precio por ello.
Todo comenzó con un acto de brutalidad inimaginable en la ciudad benjamita de Guibeá. Un levita que viajaba con su concubina fue atacado por un grupo de hombres perversos. Esa noche, los malvados habitantes de Guibeá rodearon la casa donde se alojaban y, en su desenfrenada lujuria, exigieron que les entregaran al levita para abusar de él. En un acto desesperado, el levita entregó a su concubina en lugar de sí mismo. La pobre mujer fue abusada toda la noche por los hombres de la ciudad y, al amanecer, fue dejada moribunda en el umbral de la puerta.
Cuando el levita encontró a su concubina sin vida al día siguiente, su dolor y furia lo llevaron a un acto impactante. Cortó el cuerpo de la mujer en doce partes y envió una parte a cada una de las tribus de Israel como un grito de justicia, pidiendo que se castigara a los responsables de ese acto vil.
El clamor fue escuchado por toda Israel, y el pueblo se congregó en Mizpa para deliberar sobre la abominación que había ocurrido. Las once tribus de Israel, indignadas por lo que habían oído, exigieron que los hombres malvados de Guibeá fueran entregados para ser castigados por su crimen. Sin embargo, en lugar de aceptar la justicia, la tribu de Benjamín, en un acto de arrogancia y rebelión, se negó a entregar a los culpables. Decidieron proteger a los malhechores, lo que llevó a una guerra civil entre las tribus de Israel.
Las once tribus unieron sus fuerzas para castigar a los benjaminitas por su desobediencia y complicidad en el mal. El conflicto fue feroz y sangriento. En un principio, los benjaminitas, guerreros valientes y hábiles, lograron resistir y derrotar a las fuerzas israelitas en dos enfrentamientos, matando a miles de sus compatriotas. Sin embargo, en el tercer enfrentamiento, Israel buscó al Señor con mayor fervor, ayunaron, lloraron, ofrecieron sacrificios y recibieron la confirmación de que debían continuar la lucha.
En esa tercera batalla, los ejércitos de Israel trazaron una emboscada. Fingieron una retirada, y cuando los benjaminitas persiguieron a sus enemigos, un grupo de israelitas emboscó Guibeá, incendiando la ciudad. Al ver las llamas, las tropas israelitas atacaron desde todas partes, aplastando a los benjaminitas. Fue una masacre. De los 25,000 hombres benjaminitas que lucharon ese día, solo 600 sobrevivieron, huyendo al desierto para refugiarse en la roca de Rimón.
Israel, dolido por la guerra fratricida y lamentando la casi aniquilación de una tribu entera, reflexionó sobre la tragedia. Habían hecho un voto de no dar a sus hijas en matrimonio a los benjaminitas, lo que ponía en peligro la continuidad de la tribu. Sin embargo, no querían que una de las doce tribus de Israel desapareciera. Para resolver esta crisis, encontraron una solución que también era violenta: atacaron a la ciudad de Jabes-Galaad, que no había respondido al llamado de guerra, y tomaron a 400 mujeres jóvenes para dárselas como esposas a los benjaminitas. Pero aún faltaban mujeres, por lo que también permitieron que los hombres benjaminitas secuestraran a mujeres durante una festividad en Silo, asegurando así la supervivencia de su tribu.
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Este episodio es uno de los más oscuros de la historia de Israel. El abuso, la falta de justicia, la rebelión de Benjamín y la guerra civil que siguió llevaron al borde de la aniquilación a toda una tribu. Sin embargo, incluso en medio de la tragedia, la misericordia de Dios permitió que Benjamín sobreviviera, recordándonos las terribles consecuencias del pecado y la importancia de la justicia y el arrepentimiento.
La historia nos enseña que la rebelión contra la justicia de Dios y la protección de lo que es malvado puede conducir a la destrucción. Pero también muestra que, aun cuando las cosas parecen estar completamente arruinadas, Dios en su misericordia siempre tiene un camino para restaurar lo que ha sido quebrantado.
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En los días cuando no había rey en Israel, cada uno hacía lo que le parecía correcto a sus propios ojos. Fue una época de caos moral y espiritual, y la tribu de Benjamín pagó un alto precio por ello.
Todo comenzó con un acto de brutalidad inimaginable en la ciudad benjamita de Guibeá. Un levita que viajaba con su concubina fue atacado por un grupo de hombres perversos. Esa noche, los malvados habitantes de Guibeá rodearon la casa donde se alojaban y, en su desenfrenada lujuria, exigieron que les entregaran al levita para abusar de él. En un acto desesperado, el levita entregó a su concubina en lugar de sí mismo. La pobre mujer fue abusada toda la noche por los hombres de la ciudad y, al amanecer, fue dejada moribunda en el umbral de la puerta.
Cuando el levita encontró a su concubina sin vida al día siguiente, su dolor y furia lo llevaron a un acto impactante. Cortó el cuerpo de la mujer en doce partes y envió una parte a cada una de las tribus de Israel como un grito de justicia, pidiendo que se castigara a los responsables de ese acto vil.
El clamor fue escuchado por toda Israel, y el pueblo se congregó en Mizpa para deliberar sobre la abominación que había ocurrido. Las once tribus de Israel, indignadas por lo que habían oído, exigieron que los hombres malvados de Guibeá fueran entregados para ser castigados por su crimen. Sin embargo, en lugar de aceptar la justicia, la tribu de Benjamín, en un acto de arrogancia y rebelión, se negó a entregar a los culpables. Decidieron proteger a los malhechores, lo que llevó a una guerra civil entre las tribus de Israel.
Las once tribus unieron sus fuerzas para castigar a los benjaminitas por su desobediencia y complicidad en el mal. El conflicto fue feroz y sangriento. En un principio, los benjaminitas, guerreros valientes y hábiles, lograron resistir y derrotar a las fuerzas israelitas en dos enfrentamientos, matando a miles de sus compatriotas. Sin embargo, en el tercer enfrentamiento, Israel buscó al Señor con mayor fervor, ayunaron, lloraron, ofrecieron sacrificios y recibieron la confirmación de que debían continuar la lucha.
En esa tercera batalla, los ejércitos de Israel trazaron una emboscada. Fingieron una retirada, y cuando los benjaminitas persiguieron a sus enemigos, un grupo de israelitas emboscó Guibeá, incendiando la ciudad. Al ver las llamas, las tropas israelitas atacaron desde todas partes, aplastando a los benjaminitas. Fue una masacre. De los 25,000 hombres benjaminitas que lucharon ese día, solo 600 sobrevivieron, huyendo al desierto para refugiarse en la roca de Rimón.
Israel, dolido por la guerra fratricida y lamentando la casi aniquilación de una tribu entera, reflexionó sobre la tragedia. Habían hecho un voto de no dar a sus hijas en matrimonio a los benjaminitas, lo que ponía en peligro la continuidad de la tribu. Sin embargo, no querían que una de las doce tribus de Israel desapareciera. Para resolver esta crisis, encontraron una solución que también era violenta: atacaron a la ciudad de Jabes-Galaad, que no había respondido al llamado de guerra, y tomaron a 400 mujeres jóvenes para dárselas como esposas a los benjaminitas. Pero aún faltaban mujeres, por lo que también permitieron que los hombres benjaminitas secuestraran a mujeres durante una festividad en Silo, asegurando así la supervivencia de su tribu.
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Este episodio es uno de los más oscuros de la historia de Israel. El abuso, la falta de justicia, la rebelión de Benjamín y la guerra civil que siguió llevaron al borde de la aniquilación a toda una tribu. Sin embargo, incluso en medio de la tragedia, la misericordia de Dios permitió que Benjamín sobreviviera, recordándonos las terribles consecuencias del pecado y la importancia de la justicia y el arrepentimiento.
La historia nos enseña que la rebelión contra la justicia de Dios y la protección de lo que es malvado puede conducir a la destrucción. Pero también muestra que, aun cuando las cosas parecen estar completamente arruinadas, Dios en su misericordia siempre tiene un camino para restaurar lo que ha sido quebrantado.
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