La realidad no es lo que tú percibes

28/06/2018 12 min
La realidad no es lo que tú percibes

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Síntesis del Episodio

Están sentados delante de mi. Es una pareja: sus rostros desencajados. Desconcierto y mucha confusión en la mirada de uno, mientras el otro hace afirmaciones sobre lo que siente. Son afirmaciones sobre las intenciones de su pareja. Ningún margen a la pregunta o a la duda. Está hablando la percepción.

Interrumpe y se defiende. Discute, intenta que su pareja entre en razón, porque lo que ha dicho con tanta vehemencia no es lo que piensa o siente. No lo consigue. Desespera. Y cae en el mismo error, empieza a hacer afirmaciones con lo que siente, sobre las intenciones de su pareja. Se atacan mutuamente. La guerra está servida.

Confieso que el tema de hoy es un reto de comunicación porque quiero llegar a una amiga que apoyo y que aprecio, que se enreda y no consigue que su sentimiento de sí misma deje de afectarse por sus percepciones. Y también lo es, por los tiempos que corren. Lograr que dudéis de vuestras percepciones es vital para que las relaciones dejen de ser motivo de conflicto.

Me refiero a sensaciones unidas a frases y pensamientos que empiezan por siento que; necesito que; no te das cuenta de lo importante que es; tengo miedo… Su origen es la necesidad. Junto a otras que hablan de eres un; no me das; sólo te interesa… Son afirmaciones que resienten a quienes las dicen, y evidencian que el comportamiento del otro nos duele. El trasfondo de todas es perceptivo.

Antes de dar significado a lo que quiere decir perceptivo insisto en lo complejo del tema cuando lo perceptivo se hace viral. Ocurre con afirmaciones de todo tipo, sobre otras personas, basadas en nuestras percepciones y que algunos reconocen como prejuicios o juicios de valor.

En la mayoría de los mensajes, sin conocer de nada a una persona, estamos seguros que lo que sentimos es real, sobre todo porque, después, su comportamiento pareciera que nos lo confirma. Este hecho complica el disuadirnos de encontrar claves personales en las percepciones, que hablan más de nosotros que del otro.

También ocurre si creemos que lo que decimos es porque conocemos mucho al otro, fijándonos cada vez, en lo que no hace bien, según nuestra percepción.

Seguramente más de uno diga que se fía mucho de lo que siente, y que da mucha credibilidad a sus miedos y rechazos como elementos certeros para manejarse con la realidad y las personas. Sin embargo, en casi todas nuestras percepciones hay un vacío de claridad con respecto a la realidad.

Algunos llamamos a nuestras percepciones intuición, y puede que solo sean asociaciones perceptivas con las que estemos eludiendo nuestra propia búsqueda de cambio o de transformación.

He aquí el punto de inflexión que es necesario para que las percepciones dejen de darnos problemas en nuestras relaciones sin sentir que es injusto. Son un reclamo a nuestro propio cambio o transformación.

Porque a la larga, lo que busca la percepción, que enreda con el comportamiento del otro, es convencernos de nuestra impotencia ante situaciones, a la vez que se empeña en que quien debe cambiar es la otra persona.

Ese empeño nos encarcela y nos quita la libertad. Nos impide ser uno mismo el artífice de lo que quiere vivir o lograr, primero, pensando en sí mismo y considerando la solución, y segundo, contagiar el concurso del otro. Y esto último es una misión improbable si uno está en modo perceptivo. En esta situación hay desequilibrio interior y cero claridad.

El equilibrio y la claridad son necesarios para cualquier comunicación, negociación, plan de acción o trabajo en equipo.

En vez de sentir la fuerza del cambio, y la libertad emocional para la aceptación y el logro, una parte de nosotros se siente atrapada. Viaja al pasado y nos convierte de nuevo en niños en manos de unos padres que nos niegan lo que necesitamos, aunque nosotros nos defendamos en el presente exactamente, calcado a como lo hacían ellos, porque repetimos actitudes, palabras y hasta comportamientos ante lo que nos parece que el otro hace mal.

Es difícil ver qué pide la percepción por estar fuertemente unida a creencias. Este doble cerrojo nos aísla del autoconocimiento y nos entretiene con mucha fuerza en un bucle: en ver, sentir, y pelearnos con lo que hace mal nuestro amigo, o pareja, que con sus diferencias y dificultades, también percibe cosas que no le gustan de nosotros.

Así que la guerra se sirve en muchas relaciones amorosas con desencuentros sobre temas vitales, a partir de actuaciones aparentemente cotidianas que cada uno va a valorar, casi siempre de forma opuesta, dando importancia, o restándosela, según su propio criterio y/o percepción.

Por ello es mi tema de hoy, que requiere a posteriori cierta introspección, observación, y el revisar las experiencias de relación diarias. Tienes por delante el reto de descubrir por ti mismo el vacío que hay detrás de las percepciones, que nos hacen sentirnos frustrados o defraudados en nuestras relaciones. En estos casos, con mayor fuerza, suele darse un bloqueo entre la razón y los hechos.

Con el agravante de que nuestras percepciones son la fuente de cualquier discusión, y con la llegada del verano, y su llamada a la claridad, sino sabemos poner en duda nuestras percepciones y permanecer en un sentimiento constructivo de nosotros, tendremos más de una trifulca asegurada, que además nos obsesionará por un buen rato.

El beneficio aparente que tiene el modo perceptivo es que nos lleva a permanecer en ellas sin ningún cambio, nos digan lo que nos digan. Por lo que es muy cómodo volver a hacer lo de antes, aunque hayamos dicho con mucha convicción que dejaremos de hacer algo que nos pide nuestra pareja o un amigo.

La percepción en realidad es un mundo mágico, donde todo y nada es verdad. Son reales para quien las percibe. Están regidas por la piel o las sensaciones. Cuando las llevamos al sentimiento se convierten en un aviso intuitivo de cambio, a modo de pregunta que dice: ¿hay algo que necesitas hacer?

Las percepciones generan rutinas que nos alejan del amor a uno mismo y del otro, especialmente del entendimiento en pareja. Tienen su origen en una duda sobre uno mismo, que se forjó en otro tiempo y en otro lugar, a donde vuelves con tu percepción. Son recuerdos y sensaciones negativas. Tienes una esperanza cuando te enamoras: ¡jamás revivirlas, o que se repitan!

Mi recomendación es esta. Cuando te fijas en algo que no habías visto nunca del otro, Para y recuerda: ¡ojo estoy entrando en lo mismo de la anterior relación! Este es mi aviso perceptivo de cambio. Y zanja con un Stop a cualquier otro pensamiento.

Cuando los pensamientos ya no paran y giran sólo en torno a eso que no habías visto, entonces ya el sentimiento estará dolido contra ti y empezará el rechazo, la culpa y el miedo. Toca reconocer que estás en modo desamor, y hacer un Stop , como buenamente puedas, es lo más saludable. Un Stop para recordar lo que una vez os unió; poner en valor lo que ocurre en la convivencia; y también lo que aporta la persona. Si esto es imposible la relación está rota, o ya la persona, amiga o pareja, ha confirmado tu percepción.

Porque lo tremendo de las percepciones es que son como una maldición. Cuando surge una duda perceptiva sobre uno mismo, se une a la tensión que uno siente, y al sentirnos así, ya la estamos proyectando en el otro, que inmediatamente va a caminar hacia allí. La hará realidad no sólo para ti, también para él, o ella. Misteriosamente, y poco a poco, el otro comulga con esa percepción hasta dar testimonio fiel con su comportamiento.

La herramienta que te regalo es poderosa y se apoya en esta pregunta: ¿Cuál es la percepción que más daño me hace? reconócela, porque será efectiva para resolver el vacío que la genera y dejar de proyectarla en tus relaciones, sobre todo en pareja. Empieza por ahí y si necesitas ayuda puedes contar conmigo para disolverla. Buena práctica.

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