Hay Transiciones que valen la pena, pero depende de nosotros

14/09/2018 12 min
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Síntesis del Episodio

En este tiempo de transición al Otoño lo que más se acusa es la lucha con el cambio. Una sensación abrumadora de querer desligarse de situaciones que durante el verano has visto que necesitas dejar atrás con urgencia, y sin embargo, te resistes.

Esto es más que habitual en lo afectivo, sobre todo si hay dudas de valoración, o poca fe en la propia persona. Sin embargo, se presenta también en nuestras relaciones familiares y en el trabajo.

Sabemos que estamos en modo resistencia porque el empeño a que el otro nos facilite ese cambio se recrudece por estos días, y está enfocado en señalar lo que la otra persona tendría que dejar de hacer algo por ti. Que te lo ponga fácil.

Te pongo un ejemplo en una frase que me dijo hoy una persona en consulta: cedo mi espacio, esperando que el otro lo haga, porque no soporto que posicionarme me lleve a violentarme.

Esta es una reflexión clave, a la que llegó, después de darse cuenta que se ponía muy nervioso cuando una colaboradora le cortaba constantemente y no le escuchaba, al corregirla.

Ese supuesto nerviosismo en realidad es el temor que le produce llegar a un punto en el que pueda perder los papeles con agresividad. Lo que finalmente ocurrió.

Perdió lo papeles sin que le dominara del todo la violencia. Y aunque quería pasar por alto el incidente, al valorar que había conseguido disculparse, al final se dio cuenta que esa situación tenía una información valiosa sobre sí mismo y del cambio que necesita.

Un cambio que no se produce debido a lo que evita constantemente, pese a que tiene el profundo deseo de ser una persona que sabe posicionarse con autoridad ante los retos, y que puede expresar sus análisis con fuerza interior.

No sucede del todo, ni lo que evita, pero tampoco lo que le llevaría a reafirmarse. Sobre todo, cuando tiene delante a quien puede abocarle a confrontar aquello que evita.

De ahí que continuamente tenga experiencias polares.

En un extremo, con jefes o directivos, ante los que tiene una actitud sumisa donde se bloquea para plantear soluciones, y que reaccionan con autoritarismo, en la misma proporción que cede su espacio.

Y en el otro, con subalternos que le hacen la cama, o que no le ponen en consideración, reduciendo su espacio de autoridad, o dejándole en evidencia ante superiores.

Es la pescadilla que se muerde la cola. Su deseo de un poder que le permita ocupar de forma natural su espacio, y compartir su autoridad con otros, se convierte en una meta inalcanzable sin que desaparezca el temor a que un día la violencia haga acto de presencia.

Lo mismo ocurre en lo afectivo.

Este es otro caso de las última semanas. También está en medio un deseo. Se trata del deseo de ser amada, con la expectativa de que le den su espacio, y un reconocimiento en público, de que son pareja. Algo que no ha ocurrido y sigue transigiendo. Lo hizo desde el primer momento justificando ese comportamiento en su mente por el miedo a perderle.

Sin embargo, cada día el deseo es una presión que no la deja en paz. Se produce una lucha entre el deseo y el miedo, cediendo terreno, en estos días de transición, a que pese más el enfado, al confrontarse con la realidad de que su deseo es inalcanzable, al tiempo que el miedo coge cada vez más cuerpo.

La resistencia, sin lugar a dudas, es el último recurso, y tiene diversas formas de manifestarse, aunque sean contradictorias y nada fáciles de detectar.

Ahora se empeña en que su pareja cambie su manera de comportarse, -porque no es lo que Ella necesita-, y le reclama, porque su amor se ha convertido en un sacrificio, algo que le parece injusto.

El efecto en su pareja, por supuesto, es el contrario a lo que espera.

La pareja recibe sus palabras como un reclamo continuo, donde la queja le asfixia y le resta libertad, sin tener en cuenta los motivos de su actuación, y le echa en cara que para él también son de vital importancia.

Especialmente porque le ha repetido hasta la saciedad que su relación con ella no implica un compromiso.

Una lucha continua de intereses contrapuestos por el deseo de cada uno. El de ella de ser amada, y el de él de libertad.

Pasado el verano pareciera que ella cosecha la peor parte de esta historia. Lucha con su ansiedad, que vuelve a reavivarse con su llamada intensa al respeto de sí misma, y pidiéndole que vaya al origen de su expectativa para solucionarla.

Pero es más fuerte el deseo y el miedo que no acaban de ponerse de acuerdo entre sí. Y nunca lo harán.

Mientras, se enreda a sí misma en esa resistencia.

Se dice, que no le queda otra que permitir esa situación, porque no se siente con la fuerza para dejarle. Está convencida que hacerlo le sumiría en una depresión. Algo que sin embargo, ya sucede.

De esta forma es inevitable que la ansiedad pare, al negarse cualquier posibilidad de salir. La resistencia en forma de empeño es ciega, sorda y muda.

En este estado de negación de salidas, las discusiones con su pareja van en aumento, sin darse cuenta que lo que teme es una realidad que se va poniendo en medio como una barrera, y que la depresión empieza a apoderarse de ella, al no tener motivación ni ganas de hacer nada.

Necesita parar para que los pasos que ha dado en aprender a sostenerse le permitan ser valiente con la decisión de quedarse, o de irse. Tome una, u otra, ha de aprender a sentir que gana con esa decisión, y que se desprende de lo que no necesita para gestionarse de otra manera.

Son dos ejemplos de cómo los deseos que perseguimos vienen contra nosotros cuando surgen y se persiguen, alejados del ejercicio de nuestro potencial. Entonces somos como insectos fácilmente aplastados por las circunstancias, o por los comportamientos de otras personas, que tienen sus propias motivaciones para hacerlo.

Si has llegado a este momento sabiendo que hay algo que no funciona, y te empeñaras en que se produzca el cambio, sin hacerlo en ti, sin comprender que los deseos han de ponerse siempre a favor, entonces te espera un Otoño caliente. Porque te apegarás justo a lo que es necesario dejar ir para que se produzca el vacío necesario, que es previo a la transformación.

Un paso que hace la naturaleza todos los años. Los árboles se quedan desnudos y se
desprenden de todo lo que nos impide las tres Rs: renovarnos, revitalizarnos y renacer.

El desapego es la cualidad más importante para empezar el Otoño, y es indispensable que sepamos de qué, teniendo presente que ante cualquier situación y persona, lo que te da libertad es comprender que el cambio de tu realidad se produce cuando cambias tú.

Y este es un paso de madurez necesario, indispensable en la transición al Otoño, que nos dará seguridad en la toma de decisiones de cualquier tipo, trabajo, casa, familia, pareja y relaciones.

Te animo a ello.