Dios en la Naturaleza

Dios en la Naturaleza

Por: Sociedad Española Divulgadores
El objeto de esta obra es presentar el estado actual de nuestros conocimientos precisos sobre la naturaleza y sobre el hombre. La exposición de los últimos resultados a que ha llegado el espíritu humano en el estudio de la creación es, a nuestro parecer, la verdadera base sobre la cual puede fundarse al presente toda convicción filosófica y religiosa. En nombre de las leyes de la razón, tan magníficamente justificadas por el progreso moderno y en virtud de los principios ineludibles que constituyen la lógica y el método, nos ha parecido que, en adelante, debemos proseguir, por medio de las ciencias positivas, la investigación de la verdad. Si tenemos la ambición de llegar personalmente a la solución del mayor de los problemas; si nos acosa la sed ardiente de alcanzar nosotros mismos una creencia en la cual nuestra inteligencia pueda encontrar su reposo y mantener su vida; si estamos después animados del legítimo deseo de llevar a los que buscan todavía, el consuelo que hemos hallado, es -no temamos jamás afirmarlo- en la ciencia experimental en donde debemos buscar los medios de conocer; por ella debemos marchar.
El escepticismo, la duda universal reina en el seno de nuestra alma; su ojo escrutador, al que ninguna ilusión fascina, vela en el fondo de nuestros pensamientos. No encontremos malo que así sea; no vituperemos a Dios porque al crearnos no nos haya revelado todas las cosas y nos haya dado el derecho de discusión. Este carácter de nuestra ser es bueno en sí mismo; es la gran condición de nuestro progreso. Pero si el escepticismo vela en nosotros, la necesidad de creer nos arrastra. Podemos dudar, pero nos sentimos dominados y arrebatados por el insaciable deseo de conocer. Necesitamos una creencia; los espíritus que se precian de no tener ninguna, son los más expuestos a caer en la superstición a desaparecer en la indiferencia.
El hombre tiene en su naturaleza una necesidad tan imperiosa de fijarse en una convicción, particularmente desde el punto de vista de la existencia de un ordenador del mundo y del destino de los seres, que si no le satisface ninguna fe, necesita demostrarse que Dios no existe y busca el reposo de su alma en el ateísmo y la doctrina de la nada. Por tanto, la cuestión actual que nos atrae no es ya saber cuál es la forma del creador, el carácter de la mediación, la influencia de la gracia, ni discutir el valor de los argumentos teológicos; la verdadera cuestión es saber si Dios existe o no existe. Pero debe notarse que en general la negativa está sostenida por los experimentadores de la ciencia positiva, mientras que la afirmativa tiene por principales defensores hombres extraños al movimiento científico.
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