Escuchar "43 Ali Babá"
Síntesis del Episodio
En una lejana ciudad de Persia habitaban dos hermanos llamados Alí Babá y Kasim, los cuales vivían en absoluta pobreza. Cuando se hicieron jóvenes, Kasim se casó con una muchacha muy rica y se fue a vivir a su palacio, olvidándose de su hermano por completo. Pero Alí Babá no le guardaba rencor, pues tenía un corazón noble.
Además, estaba enamorado de Zulema, una linda muchacha que era hija de un leñador tan pobre como él.
Un día mientras Alí Babá paseaba por el campo, vio a cuarenta hombres montados en sus caballos que iban a todo galope. El muchacho se escondió y observó como el jefe de la comitiva se bajaba de su montura, iba hasta una pared de piedra y pronunciaba las siguientes palabras:
—¡Ábrete, Sésamo! —y al decirlo, una puerta de roca se deslizaba mágicamente revelando la entrada a una fantástica gruta.
Allí se metieron los ladrones y salieron después de un rato. Al verlos marcharse, Alí Babá se acercó e imitó las palabras del jefe:
—¡Ábrete, Sésamo!
Y cuando la puerta se volvió a abrir, vio que en el interior había grandes riquezas. Toneladas de monedas de oro, piedras preciosas y vasijas valiosas, que lo habrían hecho a uno más rico que el sultán. Aún así, Alí Babá decidió tomar tan solo un poco de cada cosa para que los ladrones no se dieran cuenta.
Salió y volvió hasta la ciudad, donde se hospedó en una buena posada. Esto despertó sospechas en su hermano Kasim, quien envidioso como era, no descansó hasta que le revelara la verdad.
Llevado por su avaricia, Kasim fue hasta la cueva y repitió las palabras mágicas para cargar a sus mulas con todos los tesoros que hubiera adentro. Pero tuvo tan mala suerte, que los cuarenta ladrones le descubrieron y quisieron matarlo. Kasim les suplicó clemencia.
—¡Ha sido culpa de mi hermano Alí Babá! ¡Él me ha enviado a robarles!
Los ladrones, disgustados con que alguien más supiera su secreto, se dirigieron a la ciudad para matar a todas las personas. Ocultos en grandes vasijas de aceite, esperaron la señal del jefe para atacar. Pero Zulema, que había salido de su casa para buscar un poco de aceite, lo vio todo y fue a contárselo a Alí Babá, quien ideó un plan.
Mientras Zulema ponía algo para dormir en la copa de vino del jefe de los ladrones, quien estaba hospedándose en la misma posada que él, Alí Babá iría en busca de los soldados del sultán para que arrestaran a los ladrones.
Y así fue. Los maleantes fueron enviados a prisión junto con su líder y la gente de la ciudad estuvo por siempre en deuda con Alí Babá. Kasim, muy avergonzado al ver todo esto, nunca más quiso salir de casa para verle la cara a su hermano.
Alí Babá volvió a la cueva con Zulema y juntos repartieron las riquezas entre los pobres, quedándose con una buena parte para vivir en un lujoso castillo. Se casaron, formaron una familia y por siempre fueron recordados con cariño.
Además, estaba enamorado de Zulema, una linda muchacha que era hija de un leñador tan pobre como él.
Un día mientras Alí Babá paseaba por el campo, vio a cuarenta hombres montados en sus caballos que iban a todo galope. El muchacho se escondió y observó como el jefe de la comitiva se bajaba de su montura, iba hasta una pared de piedra y pronunciaba las siguientes palabras:
—¡Ábrete, Sésamo! —y al decirlo, una puerta de roca se deslizaba mágicamente revelando la entrada a una fantástica gruta.
Allí se metieron los ladrones y salieron después de un rato. Al verlos marcharse, Alí Babá se acercó e imitó las palabras del jefe:
—¡Ábrete, Sésamo!
Y cuando la puerta se volvió a abrir, vio que en el interior había grandes riquezas. Toneladas de monedas de oro, piedras preciosas y vasijas valiosas, que lo habrían hecho a uno más rico que el sultán. Aún así, Alí Babá decidió tomar tan solo un poco de cada cosa para que los ladrones no se dieran cuenta.
Salió y volvió hasta la ciudad, donde se hospedó en una buena posada. Esto despertó sospechas en su hermano Kasim, quien envidioso como era, no descansó hasta que le revelara la verdad.
Llevado por su avaricia, Kasim fue hasta la cueva y repitió las palabras mágicas para cargar a sus mulas con todos los tesoros que hubiera adentro. Pero tuvo tan mala suerte, que los cuarenta ladrones le descubrieron y quisieron matarlo. Kasim les suplicó clemencia.
—¡Ha sido culpa de mi hermano Alí Babá! ¡Él me ha enviado a robarles!
Los ladrones, disgustados con que alguien más supiera su secreto, se dirigieron a la ciudad para matar a todas las personas. Ocultos en grandes vasijas de aceite, esperaron la señal del jefe para atacar. Pero Zulema, que había salido de su casa para buscar un poco de aceite, lo vio todo y fue a contárselo a Alí Babá, quien ideó un plan.
Mientras Zulema ponía algo para dormir en la copa de vino del jefe de los ladrones, quien estaba hospedándose en la misma posada que él, Alí Babá iría en busca de los soldados del sultán para que arrestaran a los ladrones.
Y así fue. Los maleantes fueron enviados a prisión junto con su líder y la gente de la ciudad estuvo por siempre en deuda con Alí Babá. Kasim, muy avergonzado al ver todo esto, nunca más quiso salir de casa para verle la cara a su hermano.
Alí Babá volvió a la cueva con Zulema y juntos repartieron las riquezas entre los pobres, quedándose con una buena parte para vivir en un lujoso castillo. Se casaron, formaron una familia y por siempre fueron recordados con cariño.
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