Escuchar "Pichón del cielo"
Síntesis del Episodio
Pichón del cielo
Rufino era un hombre de pies cansados y zapatos rotos (con ventilación decía) de tanto andar la calle y la vida, hacía muchos años que su hogar era la calle y cualquiera su familia. Dormía casi siempre en el mismo rincón de una esquina de Leandro N. Alem y a veces despertaba con otro gringo al lado o algún perro solitario como él.
Un día recorriendo los bares para llenar el “buche”, encontró un jaulón espacioso y casi limpio, dónde acomodó su frazada escasa de lana y su mochila llena de añoranzas, su plato de lata y unos diarios que oficiaban de abanico en verano y calentador en invierno,( los usaba entre la ropa, para solventar el frío)…como era ya atardecer se durmió.
Lo despertó una melodía extrañamente exquisita, nunca había escuchado y se sobresaltó cuando vió a su lado un ave tan grande como una criatura, con plumas blancas tupidas (que pájaro tan extraño pensó).
Envuelto en sus propias alas la criatura cantaba como un llanto melodioso triste, hondo, celestial. La gente pasaba como todos los días miraba de reojo y caminaba rápido, las horas de las oficinas y los bancos eran pocas para andar mirando a su alrededor, algunos hasta se tapaban los oídos para no escuchar aquel canto único y desgarrador.
-¿Qué pájaro es señor? Le preguntó una señora que llevaba a una niña invidente de la mano.
-No lo sé señora, desde ayer que está aquí casi inmóvil y le compartí mi pan y ni lo miró.
A la noche es como si tuviera luz propia ¿me entiende lo que le digo, señora? parecida a la luz mala.
-Qué extraña es…dijo la mujer
-¿Puedo tocarlo? Dijo la niña de unos 10 años.
-Sí, dijo Rufino, parece mansita.
La niña comenzó a acariciar las alas, las extremidades, la cabeza y al sentir un calor extraño dijo: es un ángel mamá.
-¿Un pichón de ángel? dijo Rufino asombrado por el descubrimiento porque nunca había visto ni siquiera en fotografía un mensajero celestial. La gente al oír esto comenzó a amontonarse y murmuraban…un ángel, un ángel, se cayó un ángel.
-Cómo me gustaría poder verlo, dijo la púber sin dejar de acariciarlo.
Entonces el ángel se incorporó besó los ojos de Candela (así se llamaba la niña) y comenzó a batir las alas, despacito se desprendió del suelo hacia el celeste cielo…mientras Candela movía sus manos despidiéndose y mirando cómo ese ser luminoso se iba.
La mirada del corazón es muchas veces más plena que los ojos verdaderos.
Rufino era un hombre de pies cansados y zapatos rotos (con ventilación decía) de tanto andar la calle y la vida, hacía muchos años que su hogar era la calle y cualquiera su familia. Dormía casi siempre en el mismo rincón de una esquina de Leandro N. Alem y a veces despertaba con otro gringo al lado o algún perro solitario como él.
Un día recorriendo los bares para llenar el “buche”, encontró un jaulón espacioso y casi limpio, dónde acomodó su frazada escasa de lana y su mochila llena de añoranzas, su plato de lata y unos diarios que oficiaban de abanico en verano y calentador en invierno,( los usaba entre la ropa, para solventar el frío)…como era ya atardecer se durmió.
Lo despertó una melodía extrañamente exquisita, nunca había escuchado y se sobresaltó cuando vió a su lado un ave tan grande como una criatura, con plumas blancas tupidas (que pájaro tan extraño pensó).
Envuelto en sus propias alas la criatura cantaba como un llanto melodioso triste, hondo, celestial. La gente pasaba como todos los días miraba de reojo y caminaba rápido, las horas de las oficinas y los bancos eran pocas para andar mirando a su alrededor, algunos hasta se tapaban los oídos para no escuchar aquel canto único y desgarrador.
-¿Qué pájaro es señor? Le preguntó una señora que llevaba a una niña invidente de la mano.
-No lo sé señora, desde ayer que está aquí casi inmóvil y le compartí mi pan y ni lo miró.
A la noche es como si tuviera luz propia ¿me entiende lo que le digo, señora? parecida a la luz mala.
-Qué extraña es…dijo la mujer
-¿Puedo tocarlo? Dijo la niña de unos 10 años.
-Sí, dijo Rufino, parece mansita.
La niña comenzó a acariciar las alas, las extremidades, la cabeza y al sentir un calor extraño dijo: es un ángel mamá.
-¿Un pichón de ángel? dijo Rufino asombrado por el descubrimiento porque nunca había visto ni siquiera en fotografía un mensajero celestial. La gente al oír esto comenzó a amontonarse y murmuraban…un ángel, un ángel, se cayó un ángel.
-Cómo me gustaría poder verlo, dijo la púber sin dejar de acariciarlo.
Entonces el ángel se incorporó besó los ojos de Candela (así se llamaba la niña) y comenzó a batir las alas, despacito se desprendió del suelo hacia el celeste cielo…mientras Candela movía sus manos despidiéndose y mirando cómo ese ser luminoso se iba.
La mirada del corazón es muchas veces más plena que los ojos verdaderos.
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